Vaya perspectiva. Pronto toda la gente se
habrá ido y me quedaré para siempre solo. Con tanta radiación solar los seres
humanos que aún circulan se encuentran en muy mal estado, sin contar los
problemas de inmunidad, el régimen a base de ratas y cucarachas y cosas por el
estilo. Son los últimos; pero no pueden durar mucho (claro que intenta
decírselo a ellos). Aquí están de nuevo; tambaleando, se asoman a mirar el
infierno del atardecer. Todos padecen enfermedades y delirios. Todos se creen
que son... Pero dejemos en paz a los pobres hijos de perra. Ahora me siento libre
para desnudar mi secreto.
Soy el inmortal.
Hace un tiempo increíblemente largo que
estoy por aquí. Si el tiempo es dinero, yo soy el último de los grandes
derrochadores. Y, sabéis, cuando uno ha estado en circulación tanto tiempo como
yo, la escala diurna, ese número de veinticuatro horas, puede empezar a
demolerte el ánimo. Yo intenté buscar un esquema más amplio. Y tuve mis éxitos.
Una vez me mantuve despierto siete años seguidos. Sin siquiera una siesta. Qué
mareo, amigo. Por otro lado, esa vez que estuve enfermo en Mongolia dormí
durante toda una década. Sin nada que hacer, de paseo por un oasis del Sahara,
me rasqué el ombligo durante dieciocho meses. En una ocasión –cuando no había
nadie alrededor– me la estuve meneando un verano entero. Hasta los inalterables
cocodrilos me envidiaban los baños en los ríos sin tiempo. Francamente, no
había mucho más que hacer. Pero al fin interrumpí estos experimentos y con
mansedumbre me uní a la rutina noche-día. Me pareció que necesitaba dormir. Me
pareció que necesitaba hacer las cosas que al parecer necesita hacer la gente.
Cortarme las uñas. Comparecer ante el vaso y la bacía de afeitar. Ir a la
peluquería. Todas esas distracciones. No me extraña que nunca haya terminado nada.
Nací, o aparecí o me materialicé o
despunté, cerca de la ciudad de Kampala, Uganda, en Africa. Claro que Kampala
todavía no existía, y Uganda tampoco. Africa tampoco, si vamos al caso, porque
en aquellos tiempos todas las masas de tierra estaban unidas. (Tuve que esperar
hasta el siglo veinte para verificar muchas de estas cosas.) Pienso que debo de
haber sido un dios falso o algo así; cabe concebir que llegué de un planeta que
se regía por un reloj diferente. De todos modos nunca llegué muy lejos. Aunque
larga, mi vida ha sido en todos los sentidos fútil. Tuve que parar el carro
durante un buen rato antes de que aparecieran seres humanos con los que tratar.
El mundo todavía se estaba enfriando. Me pasé toda la geología sentado,
esperando que llegara la biología. Solía canturrear junto a esos estanques
tibios donde empezó la vida sembrada desde el espacio. Sí, allí estaba yo,
alentándoos desde la línea de banda. Pues tenía instintos gregarios y me sentía
terriblemente solo. Y hambriento.
Entonces se manifestaron las plantas, lo
cual significó un simpático cambio y ciertos tipos rudimentarios de animales.
Pasado un tiempo comprendí y me hice carnívoro. Me convertí en un cazador
prodigioso en parte por autodefensa. (No era tanto una cuestión de
supervivencia como que a nadie le gusta que lo huelan, lo desgarren y lo
mastiquen, todo al mismo tiempo.) No había animal que pudiera soñarse que yo no
fuera capaz de matar. También tenía mascotas. Era una forma de vida al aire
libre muy saludable, aunque no demasiado estimulante. Yo anhelaba...
reciprocidad. Pero si pensé que el período pérmico era lo peor, fue sólo porque
aún no me había tocado vivir el triásico. No puedo deciros lo aburrido que era.
Y entonces, antes de que pudiera darme cuenta –esto habrá sido alrededor del
6.000.000 a. de C.– vino la primera Edad de Hielo (no oficial) y tuvimos que
empezar todos de nuevo, más o menos desde la línea de largada. Las Edades de
Hielo, admito, fueron golpes considerables a mi moral. Uno sabía cuándo se
acercaban: solía haber una especie de espectáculo cósmico de luces y luego, con
demasiada frecuencia, una espantosa borrasca de impactos retardados; luego
polvo, y bellos crepúsculos; por fin, la oscuridad. Ocurrían regularmente, cada
70.000 años justos. Guiándose por ellas uno podía poner el reloj en hora. La
primera Edad de Hielo acabó con los dinosaurios; eso al menos dice la teoría.
Yo sé que no fue así. Podrían haberse salvado si se hubieran apretado el
cinturón y hubiesen sido sensatos. Los trópicos eran bastante calurosos y sombríos,
cierto, pero perfectamente habitables. No, los dinosaurios se lo buscaron: eran
una pandilla lamentable. Son las películas de aventuras sobre el mundo perdido
las que dicen la verdad sobre su muerte. Increíblemente estúpidos,
increíblemente quisquillosos; e increíblemente grandes. Y siempre buscando
camorra. El lugar parecía un patio de peleas. Yo, por supuesto, ya había
descubierto el fuego, de modo que comía bien. Hamburguesas todas las noches.
La primera hornada de hombres-mono fue
una carga enorme en lo que a mí concernía. En cierto modo me agradó verlos,
pero en general era un lío. ¿Tanta evolución para eso? Hubo una época de
brutalidad antes de que llegaran a algo, e incluso entonces siguieron siendo
ansiosos y paranoicos. Yo, con mi casita, mis trajes de piel, mi cara bien
afeitada y mis barbacoas, sobresalía. De vez en cuando me convertía en objeto
de odio, o de adoración. Pero ni siquiera los amistosos me servían de algo.
Ugh. Ij. Akk ¿Qué nombre se le da a semejante conversación? Y cuando al fin
mejoraron, y me hice unos cuantos amigos y empecé a tener relaciones con las
mujeres, sobrevino un descubrimiento espantoso. Yo había pensado que iban a ser
diferentes, pero no. Todos envejecían y morían, como mis mascotas.
Como están muriendo ahora. Todos muriendo
alrededor de mí. Al principio todos aquí nos alegramos cuando el mundo comenzó
a entibiarse. Nos alegró que las cosas se iluminaran. El invierno siempre es
duro; pero de algún modo el invierno nuclear es especialmente sombrío. Hasta yo
llegué a cansarme de una noche que duró tres años (y Nueva Zelanda, me parece a
mí, está bastante muerta incluso en las mejores épocas). Por un tiempo la gran
fiebre fue tomar el sol. Pero luego la cosa pasó de la raya hacia el otro lado.
Empezó a ponerse cada vez más caluroso, o más bien hubo un cambio en la
naturaleza del calor. No daba la sensación de ser luz de sol. Más bien parecía
un gas o un líquido: parecía lluvia, muy fina, muy caliente. Y los edificios,
por lo que se notaba, no la rechazaban de la manera adecuada, ni siquiera
aquellos que tenían techo. La gente dejó de adorar al sol y se hizo adoradora
de la luna. La vida se volvió nocturna. Ellos están de lo más animados,
teniendo en cuenta la situación, y se compadecen más de los otros que de sí mismos.
Supongo que es una suerte que no puedan predecir lo que se viene. Pobres
mortales, me dan pena. No son capaces de hacer nada en absoluto con esa fiera
fundida que hay en medio del cielo. Se enfrentaron con la ira, después se
enfrentaron con el frío; y ahora los están nuclearizando de nuevo. Los está
renuclearizando, multinuclearizando el lento reactor del sol.
El Apocalipsis sucedió en el año 2045 d.
de C. Cuando tuve la certeza de que se acercaba fui directamente al centro de
la acción: Tokio. Saldré ahora mismo al paso y diré que me encontraba de lo más
dispuesto a marcharme. No es que estuviera especialmente deprimido o algo así.
Sin duda no estaba tan deprimido como ahora. De hecho acababa de emerger de una
resaca de cinco años y el futuro se me aparecía luminoso. Pero el planeta
estaba en un estado desesperante en aquel entonces y yo no quería participar
más. Quería irme. Nada se las había arreglado nunca para matarme, y comprendí
que la única oportunidad radicaba en el impacto directo de un misil. Yo soy
cósmico (en tiempo), pero también lo son las armas nucleares (en poder). Si un
misil no consigue borrarme del mapa, me decía, pues bien, nada lo conseguirá.
Sólo tenía una seria duda. El despliegue de moda por entonces consistía en
detonaciones de tapiz en la escala de los cien kilotones. Personalmente yo
hubiese preferido algo mayor, digamos algo así como un megatón. Había perdido
el barco. Debería haber aprovechado la oportunidad en los días de las pruebas
atmosféricas. Solía morderme los codos pensando en la hija de puta de sesenta
megatones que los soviéticos habían probado en Siberia. Sesenta millones de
toneladas de TNT: está claro que ni siquiera yo me habría salvado... Alquilé
una habitación en el último piso del Century Inn, cerca de la torre de Tokio,
bien en el centro de la ciudad. Esta vez quería colocarme en primera fila. Me
pareció que en el hotel estaban contentos con el cliente. Los negocios no
parecían ir viento en popa. Todo el mundo sabía que el final comenzaría allí,
igual que un siglo atrás. Y a esa altura, de cualquier modo, las ciudades
estaban muriendo en todas partes... Por la noche hice estallar mi dinero.
Soborné al guardia del piso y me franqueó el acceso a la azotea: el sueño
final. La ciudad se contorsionaba de pánico. Yo me contorsionaba de esperanza.
Si esto suena egoísta, pido excusas ¿Pero a quién? Cuando oí las sirenas
gimiendo en el aire me puse de pie de un salto y permanecí inmóvil, desnudo, en
puntas de pie, con los brazos extendidos. Y luego ocurrió, como si le abrieran
la cremallera al universo.
En primer lugar debo haber absorbido una
buena cantidad de radiación inmediata, que más tarde me provocaría tremendas
jaquecas. En seguida pensé que Dionisio me estaba haciendo cosquillas hasta
matarme. Al mismo tiempo, me apabullaron la onda electromagnética y la
embestida térmica. Por las partículas radiactivas no tenéis que preocuparos.
Hacedme caso, es la menor de las dificultades. Pero el calor es otra cosa. Son
unas temperaturas capaces de convertir a un ser humano en una sombra en la
pared. Hasta yo me resequé un poco. Aunque ahora pueda bromear (eso sí que era
calor, madre mía; uf, vaya bochorno), en el momento confieso que me alarmé. Yo
no podía respirar y se me nubló la vista –otro detalle importante: no me morí,
pero al menos me desmayé–. Y por un buen rato, pues cuando me desperté había
desaparecido todo. Me había pasado durmiendo todo el estallido, la
conflagración, el tifón mortífero. Físicamente me sentía bien. Físicamente me
encontraba, como se dice, en forma. Mi resaca había desaparecido por completo.
Pero en todos los demás aspectos sentía un desacostumbrado decaimiento. Sí,
estaba infinitamente deprimido. Todavía lo estoy. Oh, finjo alegría, pongo cara
de ánimo; pero a menudo pienso que esta depresión no acabará nunca, que me
durará hasta el fin de los tiempos. No se me ocurre nada que tenga buenas
posibilidades de levantarme el ánimo. Pronto la gente desaparecerá y me quedaré
solo para siempre.
Son gente de arena, gente de polvo, gente
de polvo. Los aprecio, por supuesto, pero no sirven de gran compañía. Están
profundamente enfermos y profundamente locos. A medida que menguan, que
declinan y se marchitan, parecen ir adoptando grandes ideas sobre sí mismos.
Entre nosotros, yo tampoco me siento como una lechuga. Tengo buen aspecto, el
mismo que solía tener; pero sin duda hubo tiempos en que me sentí mejor. Mi
trato con las enfermedades, dicho sea de paso, es como sigue: las contraigo, me
hacen daño y todo eso, y no obstante nunca resultan fatales. Se van, o yo me adapto.
Para daros un ejemplo, hace setenta y tres años que tengo sida. Sencillamente
no me lo puedo sacudir de encima. Falta una hora para que amanezca y las
estrellas todavía brillan con su nuevo afilado esplendor. Los seres humanos ya
vuelven a las casas. Algunos caerán en un sueño tembloroso. Otros se reunirán
junto a la artesa contaminada y hablarán todo el día de sus patrañas. Yo me
demoraré afuera un rato más, solo, bajo el inmortal calendario del cielo.
La antigüedad clásica fue interesante
(calculo que acabo de dar un buen salto, pero no es mucho lo que os perdéis).
Fue en la Roma de Calígula donde me di cuenta de que tenía un problema de
alcoholismo. Empecé a pasar más y más tiempo en Cercano Oriente, donde siempre
había animación. Le tomé la medida a las reglas maestras de la economía y
florecí como comerciante mediterráneo. Para mí las largas excursiones de ida y
vuelta a las Indias no eran nada del otro mundo. Me fue bien pero no
fabulosamente y hacia el siglo diez había vuelto a recalar en Europa Central.
Juzgándolo ahora, da la impresión de que cometí un error ¿Sabéis cuál fue mi
período favorito? Sí: el Renacimiento. Estuvisteis realmente bien. Para ser
sincero, me sorprendisteis. Yo me había pasado bostezando quinientos años de
plagas, religión y talento nulo. La comida era espantosa. Nadie tenía buen
aspecto. El arte y las artesanías apestaban. Entonces: ¡bum! Y encima todo al
mismo tiempo. Me encontraba en Oslo cuando me enteré de lo que estaba
ocurriendo. Dejé todo y me subí al primer barco que zarpaba para Italia,
aterrorizado de perdérmelo. Ah, era el paraíso. Cuando esos tipos pintaban una
pared, un techo o lo que fuera, pintado quedaba. Allí vivíamos dentro de una
obra maestra. Al mismo tiempo, a mi entender, había algo de ominoso. Yo advertía
que, en todo sentido, erais capaces de cualquier cosa. Y después del
Renacimiento ¿con qué me encuentro? Con el Racionalismo y la Revolución
Industrial. Crecimiento, progreso, la gran estampida petroquímica. Justo cuando
pensaba que no podía haber siglo más tonto que el diecinueve, se presenta el
veinte. Os juro, el planeta entero parecía estar representando un certamen de
estupidez. Yo ya veía entonces cómo iba a acabar la historia humana. Cualquiera
podía verlo. No había alternativas.
Mis intentos de suicidio se remontan a la
Edad Media. Me lo pasaba tirándome de las montañas y números así. Piedras al
cuello, etcétera. Nunca daban resultado. Jesús, he hecho de pararrayos más
veces de las que puedo recordar, y he vivido para contarlo. (Una vez me dio un meteorito
en plena cara; salir arrastrándome de debajo me costó lo mío, y me sentí
descompuesto toda la tarde.) Y todo esto sin contar las innumerables guerras en
que luché. A lo largo de milenios la milicia fue mi pasión –ya sabéis cómo anda
el mundo–, pero a comienzos del siglo quince empecé a cansarme. Yo, que había
luchado con Alejandro, con los grandes Khanes, de pronto me encontraba en medio
de una pesadilla de vagos asquerosos enfrentándose a otra pandilla de vagos
asquerosos. Eso fue en Agincourt. Para la guerra de Semana Santa ya estaba
harto. Parecía que toda la improvisación –todo el saber y la capacidad– había
desaparecido. No había más que muerte, pura y simple. Y mis experiencias en el
teatro nuclear no han servido para nada para restaurar la aventura perdida...
De veras... lentamente yo iba perdiendo el interés por todo. En general me iba
volviendo más ermitaño y neurótico. Y estaba la bebida. De hecho, cuando
promediaba el siglo veinte mi problema de alcoholismo se me escapó de las
manos. Una vez, tuve una borrachera que me duró noventa y cinco años. Desde
1945 hasta 2039 estuve hecho una cuba. Nómada metropolitano, me ganaba la vida
vendiendo mi pasado, vendiendo historia: baratijas fenicias, rollos hebreos,
botines de guerra –algunas de estas cosas bien valían una bomba–. Me derrumbé.
Perdí todo respeto por mí mismo. Era como un pasajero de un avión averiado que,
con la bolsa del duty-free colgándole de la boca, procura encontrar ese estado
en el que nada importa. Así parecía estar comportándose el mundo entero. Y ese
estado es imposible de encontrar. Porque no existe. Porque las cosas importan.
Incluso aquí.
La visión de Tokio después del ataque
nuclear no era agradable. Un aceitoso pastel negro con pequeños brocados de
fuego. Mi vida había estado atiborrada de muerte –la muerte es mi vida–, pero
ese surco era nuevo. Había desaparecido todo. No sucedía nada. La única luz, la
única actividad, provenía de los haces de plasma y los pequeños cohetes que
algún satélite perdido o algún submarino vagabundo seguían disparando. ¿Pero
qué hacen?, me pregunté ¿Para qué bombardean este cementerio? No me preguntéis
cómo me las arreglé para llegar aquí, a Nueva Zelanda. Es una larga historia. Y
fue un largo viaje. En otros tiempos, desde luego, hubiera podido hacerlo a
pie. No tenía planes. Me limité a seguir las huellas de la vida.
Fui en balsa hasta el continente y allí
tampoco había nada. Todo estaba muerto. (Para ser justo, buena parte ya había
muerto antes.) De vez en cuando, mientras me dirigía a tientas hacia el sur,
veía una mancha de liquen o un hongo deformado, y más tarde alguna cucaracha
con una sola pata, o una rata ciega, cosas así, y eso me levantaba el ánimo por
un rato. Pasaron unos buenos dieciocho meses antes de que me cruzara con seres
humanos dignos de tal nombre; fue en Thailandia. Era una pequeña comunidad
pesquera protegida por un pico de las montañas costeras y por anómalas
condiciones de viento (por entonces no había otras condiciones de viento más
anómalas). La gente lo pasaba mal, naturalmente, pero aún seguía sacando algo
del mar, si bien no se lo podía llamar exactamente pescado. Les supliqué que me
dieran una barca y se negaron, lo cual era comprensible. Como no quería
discutir, me quedé por allí hasta que se murieron. No fue mucho tiempo. Si no
recuerdo mal, tuve que esperar unos cuatro años. Luego cargué mis cosas, me
hice a la mar y no me importó adónde demonios me llevaban los vientos.
Sencillamente me hice a la mar muerta con la esperanza de encontrar vida.
Y en cierto modo la encontré aquí, entre
la gente del polvo. Los últimos. Más me vale aprovecharlos al máximo porque son
los últimos seres humanos que me quedan. Lamento que vayan a irse ¿Qué
significa necesitar a los demás, necesitar que los demás sean?
Una vez me encontraba en China con mucho
dinero y un siglo que perder, compré una elefanta recién nacida y la cuidé
hasta que se hizo inválida. La llamaba Babalaya. Vivió ciento treinta años y
tuvimos tiempo de llegar a conocernos muy bien. Esa manera juguetona que tenía
de sacudir la cabeza. La silueta graciosa: tanto bulto y nada de culo (desde
atrás parecía un peón caído sobre el mostrador de un pub de Dublín). Babalaya,
la única mujer que me importó de verdad... No, eso no es cierto. No sé por qué
lo digo. Pero las relaciones largas siempre me han resultado difíciles y he
tendido a poner aire de por medio. Sólo me he casado ochocientas o novecientas
veces –no soy de los que llevan la cuenta–, y no creo que el total de mis hijos
llegue a las cuatro cifras. También tuve mis épocas de gay. Estoy seguro, no
obstante, que os dais cuenta del problema. Yo estoy acostumbrado a ver cómo se
abren paso hacia el cielo montañas enteras, cómo se forman deltas. Eso que se
dice sobre que el Atlántico o lo que sea se hunde a un ritmo de una pulgada por
siglo; bueno, yo lo noto. Heme allí, pues, viviendo con una preciosidad. Un
parpadeo... y se ha vuelto una ruina. Mientras que yo permanecía varado en un
mediodía impecable, daba la impresión de que el tiempo garabateaba el rostro de
todo el mundo: se encogían, se ensanchaban, se desflecaban. No es que a mí me
importase tanto, pero las mujeres no sabían cómo manejarlo. Las volvía locas.
“Hace veinte años que estamos juntos”, decían. “¿Cómo es que yo parezco una
mierda y tú no?”. Además, no era muy astuto quedarse mucho en un solo lugar.
Veinte años ya era alargarlo demasiado. Y yo lo alargaba, muchas veces, por los
niños. Aparte de eso sólo tenía aventuras sin importancia. ¿Pensáis que los
líos de una noche son de lo más insatisfactorios? Pues imaginaos lo que pienso
yo. Para mí veinte años son un lío de una noche. No, ni siquiera. Para mí
veinte años son un polvo de ascensor... Y había complicaciones desagradables.
Por ejemplo, una vez vi a una nieta mía tosiendo y cojeando por el soukh de
Jerusalén. La reconocí porque ella me reconoció a mí; dejó escapar un alarido
áspero, mientras me señalaba con un dedo que por cierto llevaba un anillo que
yo le había regalado de pequeña. Y ahora era pequeña de nuevo. Lamento decir
que en los días más tempranos cometí incesto con bastante regularidad. En ese
entonces no había manera de evitarlo. No sólo se trataba de mí: todo el mundo
andabaen lo mismo. Un millón de veces he visto partir a los míos, y un millón
de veces más. Qué dolor he conocido, qué megatones de dolor. A todos los echo
de menos; cómo los echo de menos. Echo de menos a mi Babalaya. Pero
comprenderéis que cualquier clase de relación ha de resultar bastante
tempestuosa (es imposible eliminar las tensiones) cuando uno de los dos es
mortal y el otro no.
La única celebridad que llegué a conocer
bien fue Ben Jonson, en el Londres de esos tiempos, cuando regresé de Italia.
Ben y yo éramos compinches de bebida. Cuando se emborrachaba era estridente, y
a veces también sentimental; y por supuesto que todo el asunto de Shakespeare
lo deprimía mucho. Ben solía deshacerse en lágrimas leyendo las cosas de ese
hombre. A Shakespeare lo vi una o dos veces por la calle. Nunca nos
encontramos, aunque sí nuestros ojos. Siempre tuve la sensación de que juntos
habríamos llegado lejos. Yo veía el mundo como Shakespeare. Y apuesto a que
hubiera podido proporcionarle material interesante.
Pronto habrá desaparecido toda la gente y me quedaré para siempre solo. Hasta
Shakespeare habrá desaparecido, aunque no del todo, porque sus versos seguirán
viviendo en esta vieja cabeza mía. Me acompañará la memoria. Me acompañarán los
sueños. Sólo faltará la gente. Cierto es que ya viví un montón de años vacíos
antes de que los seres humanos llegaran, de modo que estoy acostumbrado a la soledad.
Pero esta vez será distinto, sin la esperanza de que al final aparezca alguien.
Ahora no hay ningún clima. Los días son
apenas una máscara de fuego, y a mí el cielo nocturno me parece siempre un poco
igual. Antes, en el vacío temprano, había animales, había plantas, había
divagaciones de la naturaleza. Ahora, bueno, no hay mucho sobre lo que divagar.
Yo advertí lo que le estabais haciendo al lugar ¿Qué sucedió? ¿Era demasiado
bonito, o qué? Jesús, no estuvisteis aquí más de diez minutos. Y mirad lo que
habéis hecho.
Reunida alrededor del pozo envenenado, la
gente bosteza y masculla. Son los últimos. Han intentado tener hijos –yo he
intentado tener hijos– pero no funciona. Los bebés que consiguen nacer no
tienen buen aspecto, y parece que no pueden desarrollar ninguna inmunidad. La
verdad sea dicha, la inmunidad no abunda. Todo el mundo anda escaso de ella.
Son los últimos y están dementes. Sufren
de desengaño en masa. De veras, es de lo más loco. Están todos convencidos de
que son... de que son eternos, de que son inmortales. Y no fui yo quien les dio
la idea. Yo he mantenido la boca cerrada, como siempre, por hábito adquirido.
He sido discreto. No soy de esos pesados que junto al fuego te cuentan cómo
conocieron a Tutankamon y sedujeron a la reina de Saba o a María Antonieta. Se
creen que vivirán siempre. Pobres hijos de perra, si supieran.
Yo también suelo engañarme. A veces me
entra la extraña idea de que sólo soy un insignificante maestro de escuela
neocelandés que nunca hizo nada ni fue a ninguna parte y ahora se está muriendo
penosa y ruidosamente de radiación solar junto con todo el mundo. Es raro lo
palpable que resulta este pasado falso, y qué humano: casi siento que si estiro
la mano podré tocarlo. Hubo una mujer, y un hijo. Una mujer. Un hijo... Pero
enseguida despierto. Enseguida me rehago. Enseguida me enfrento al hecho
trágico de que para mí no habrá fin, ni siquiera después de que muera el sol
(lo que al menos debería ser bastante espectacular). Yo soy el Inmortal.
Últimamente he empezado a quedarme afuera
durante el día. Bah, qué demonios. Y me he fijado que lo mismo hacen los seres
humanos. Aullamos y bailamos y sacudimos la cabeza. Crujimos de cánceres,
chisporroteamos de sinergismos bajo el furioso cielo sin pájaros. Con timidez
espiamos el vasto círculo blanco del sol. Claro está que yo puedo permitírmelo,
pero para los seres humanos es el suicidio. Esperad, me gustaría decirles.
Todavía no. Cuidado... os haréis daño. Por favor. Por favor, tratad de durar un
poco más. Pronto habréis desaparecido y yo me quedaré solo para siempre.
Yo... Yo soy el Inmortal.